top of page

Alimento y Libertad

Foto del escritor: RESURGIRRESURGIR

Por Pablo Cabo.



La relación entre alimento, Cultura y política es histórica, desde la prohibición del uso de quinua por parte de las autoridades coloniales, hasta el fomento del cultivo de forrajes transgénicos para “el mundo” que ha decidido experimentar la modernidad tardía de cría de animales de corral, buscando mejorar la dieta de la población con esta técnica. Nos referimos a China, que ha sido nuestra principal compradora de soja.


La desaparición de los montes nativos y selva paranaense para el cultivo de esta materia prima es la muestra de el propio desarraigo, de la colonialidad, que desde hace décadas viene fomentando los éxodos rurales y las actividades extractivistas. Se puede hacer un paralelismo entre la caña de azúcar, la minería en Potosí, el talado del quebracho para los ferrocarriles, con los extractivismos del siglo XXI: la fractura hidráulica, la megaminería, y el cultivo de forrajes transgénicos de baja calidad. Este uso de los suelos y cerros es propio de la política colonial, la política del desarraigo.


El cambio climático y el maltrato del suelo más los estudios científicos (China ha decidido no dar más alimento transgénico a su ejército) van configurando el final del plan Agroalimentario Argentino, diseñado para “alimentar” al mundo antes que a su propia población. Este diseño de agroindustria con cultivo extensivo, y pensado desde la cantidad antes que desde la calidad de lo cultivado, conforma un modelo de dependencia.


Las poblaciones rurales que debieran ser el eje del plan, continúan el éxodo, ya mítico, que propone el extractivismo. Antes en los obrajes santiagueños de la tala, ahora en los campos de la soja, donde con tecnología de punta se ha reemplazado a la familia rural, al entramado que conforma el pueblo y el hábitat rural. La reconversión tecnológica junto al proyecto agroexportador de granos han ampliado los conurbanos de las grandes ciudades, antes que consolidar o fomentar un repoblamiento rural.


Las políticas emanadas del Estado en relación a vivienda, hábitat, y ayuda social se han enfocado en gran medida a “urbanizar” y “contener” los asentamientos precarios de los suburbios, en sintonía con el proceso de “éxodo” interno de la población que no encuentra su lugar en los aviones de la fumigación, o entre los grandes tractores, la moderna maquinaria agrícola y las silobolsas.


Ante esto organizaciones de campesinos, neocampesinos y pueblos indigenas se han propuesto la recuperación de suelo a contrapelo de la situación extractivista. Allí hacen miel y cultivos hortícolas o recolección de yuyos, y plantas que luego distribuyen en redes solidarias o comunitarias.


A este tipo de acciones, así como aquellos grupos urbanos que cosechan y plantan arboles frutales en plazas o veredas de los suburbios, o generan huertas comunitarias en el baldío de la esquina, junto a los productores hortícolas agroecológicos que han decidido no usar mas insumos tóxicos para sus parcelas; a estas pequeñas acciones tácticas que generan independencia y algún grado de soberanía alimentaria, habría que acompañar y robustecer desde el sector público.


Pero es claro que para esto ocurra se debe avanzar en la reflexión política y en la construcción de un proyecto nacional que contemple el cambio climático y la actual situación de dependencia, no solo financiera con el FMI, sino con la economía primarizada, de carácter extractivo y sometida al diseño de las grandes corporaciones de bancos y laboratorios, que comparten accionistas y directorios.


Nuestra táctica también debe contemplar la acción individual, la altura moral, volver a meter las manos en la tierra, a plantar frutales, a cosechar junto a otros, a fomentar las ayudas mutuas, a construir un nosotros, una comunidad. Y también proponernos volver a la comunidad organizada, en la conciencia de que somos lo que comemos, que el lograr nuestros propios alimentos, junto a otros, nos da independencia política; y la posibilidad de sembrar nuevos sueños, donde los niños y los campos estén libres de toxicidad, en pueblos o ciudades a escala de los niños, en un vinculo fraterno con la Cultura con C mayúscula como nos propone Rodolfo Kusch, para entender que podemos crear muchos mundos, como nos han enseñado los pueblos zapatistas en Chiapas.


Nuestro alimento debe ser parte de una táctica política que nada tenga que ver con los supermercados, o las necesidades que generan desde el sistema de consumismo masivo. Y desde lo estratégico tenemos que pensar geopolíticamente, y entender que un suelo deshabitado es un suelo indefenso y sin cultura. Necesitamos repoblar el país, para generar desde nosotros y para nuestro pueblo los alimentos de altísima calidad que por miles de años se han generado. La reconfiguración regional debe pasar por planificar no solo los centros urbanos sino también los campos, entender y consensuar esto es clave: resignificar el uso de los ríos, los ferrocarriles, los caminos y las infraestructuras rurales, la reforestación de lo deforestado, como políticas públicas.


El viaje hacia las profundidades de nuestro pueblo puede ser el punto de partida para reconstruirnos políticamente, sin esperar a que vengan otros a alimentarnos o a proponernos como administrar nuestras fuerzas. A ese viaje los invitamos, un viaje gastronómico, cultural y fundamentalmente político.


Pablo Cabo.



2 Comments


Fabian Barrionuevo
Fabian Barrionuevo
Nov 13, 2018

Excelente presentación, quiero estar en este Espíritu

Like

RESURGIR
RESURGIR
Nov 12, 2018

https://youtu.be/kVcaVBjY4LE

Like

© 2018 Resurgir

Unánse a mi lista de subscriptores

bottom of page